El hombre debió trabajar desde los orígenes de la humanidad, su propia existencia imponía esa condición básica, y la predisposición nació del espíritu inducido por el cuerpo, porque necesitaba procurarse los alimentos diarios y un sitio donde guarecerse, sea éste una choza, un rancho o una simple cueva en las entrañas de la tierra.

 De esta manera,  el instinto de conservación individual demandaba trabajar, incluso este sentimiento se extendió por natural solidaridad a la familia, producto de su descendencia. De tal modo, podría afirmar  que el trabajo es tan antiguo como la vida y lo registramos en todas las especies vivientes, también en los animales  primarios de nuestro mundo.

 De esta manera, el instinto de conservación individual demandaba trabajar, incluso este sentimiento se extendió por natural solidaridad a la familia, producto de su descendencia. De tal modo, podría afirmar que el trabajo es tan antiguo como la vida y lo registramos en todas las especies vivientes, incluso en los animales primarios de nuestro mundo.

Por lo tanto, el trabajo contiene un valor sagrado, con sabor a vida. Sin embargo, preocupa demasiado al observar que se difunde con tanta facilidad el reemplazo del trabajo por el subsidio (aquí me refiero únicamente al subsidio concedido  a personas que transcurren en plena vida laboral y sin exigirles contraprestación alguna). Es decir que se están violando las cláusulas originales de la propia existencia alterando, de esta manera, la predisposición humana, a la que indudablemente desnaturaliza. Y esto  en el futuro podría tener, en incremento, resultados muy desagradables en perjuicio del conjunto social.

 En consecuencia, el subsidio con proyección permanente no es beneficioso ni recomendable para una sociedad, porque va  en contra del trabajo, la justicia y la naturaleza humana. Al respecto decía el Mahatma Gandhi: “Regalar dinero pervierte al que lo recibe, al que lo distribuye y al que lo ofrece”. También Adam Smith, economista y filósofo escocés de gran influencia en la economía clásica, sostenía que: “La riqueza nace del trabajo”. Por otra parte, no debemos confundir el planteo efectuado al inicio de este párrafo con la ayuda  excepcional que asignamos a las personas que fueron víctimas de catástrofes, accidentes u otros imprevistos desgraciados.

 Como conclusión, merita enfatizar que  el trabajo dignifica, independiza y provee al hombre, también hace prósperos, grandes y respetables a los pueblos, es además una exigencia bíblica. En su lugar, el subsidio produce el efecto inverso, e inclusive  a largo plazo  pondría en riesgo la paz social, pues es como sembrar una  epidemia que se inicia con efecto anestésico. Por ello, en lo inmediato, seguro que beneficia a unos cuantos, pero a la larga y en la multiplicación  perderemos todos.