Tantísimas personas, organizaciones y estamentos, con frecuencia, fundan el comportamiento antisocial de los individuos en las carencias y miserias que debieron soportar, en particular, a lo largo de su crecimiento. Período en el cual definen resabios que deterioran el sano desarrollo emocional. Incluso sostienen que esas carencias padecidas, también agreden el espíritu de los adultos, al moldear resentimientos que posiblemente terminarían generando situaciones borrascosas en desmedro de una civilizada convivencia en sociedad.

En verdad, debería inferirse que una persona, como ente individual, está dotada de raciocinio a partir de cierta edad; el cual permitiría adecuarse con normalidad sincronizada a los meandros del propio destino. Donde el camino pocas veces está perlado de cosas bellas y fáciles de obtener. Pero el espíritu es como el cuerpo, en que cada músculo bien ejercitado con abnegación y enjundia proporciona desarrollo, fortaleza y resistencia; cuyos valores son de enorme utilidad a la hora de transitar en intrincado mundo donde imperan los objetos materiales y los sentimientos. Y con el fin de enfatizar aún más en estas reflexiones, podría resumirse en sólo cuatro palabras adicionadas a la sugerencia vivencial: “mantener siempre elevada autoestima”. Porque ésta se convertirá naturalmente en el combustible que predispone y motoriza a la persona de manera eficiente, en pos de los objetivos proyectados. Luego, la voluntad define la acción.

La voluntad y la fe en sí mismo deben representar  el preludio de la vida en acción; para rédito propio, de la familia y  el entorno social que cada persona integra. Y corresponde justipreciar que no es rico el que posee mucho sino el que detenta lo suficiente; y esto se consigue dimensionar con sólo tener aspiraciones económicas básicas, acordes a la situación de cada uno. Después atañe ponerse en movimiento a fin de procurar las cosas necesarias y definir que los logros propios, aunque fueren humildes, son realmente honrosos y exhalan belleza. Lo cual se obtiene revalorizando continuamente  cada elemento que la persona posee y, de paso, los debería compartir placenteramente en familia.

Encontrar fuerzas en el interior de sí mismo, para cada individuo, es clave en los emprendimientos de todos los tenores y naturaleza y, también, ayuda para moderar la rudeza de los aconteceres negativos o indeseables, esos imposibles de evitar. Porque de ese interior, cada ser humano podría extraer el aliento útil en proporciones inconmensurables. La fe es la razón.

También es verdad que la cohesión necesaria e ideal exige un basamento monolítico y sólido; y esta condición se halla en la propia familia, donde es menester que exista armonía y natural valoración recíproca entre sus integrantes. De este modo el lugar se convertirá en bálsamo; y allí  reinará la paz y la concordia; resultado con mayúscula incidencia en la acción formativa, mental y física.

Sin embargo, la perfección en el recinto natural para el óptimo desarrollo en familia, con frecuencia, es únicamente una configuración quimérica. De todos modos, la ausencia en plenitud de esas condiciones básicas no debiera constituir la fuente propicia que cause importantes desviaciones formativas. En especial, desde que el raciocinio madura en cada persona y permitiría, con ello, tamizar regularmente las decisiones dirigidas a un comportamiento adecuado. Signo vital en una saludable convivencia.